Terrible espera (busca el error)

América Latina está en lo peor de la epidemia y Gio no contesta. Su cuñado murió de COVID-19, en el hospital, sin que ni siquiera le pusieran oxígeno; el hospital general ya no tenía. Gio estuvo en contacto con sus sobrinos. Laura no recuerda la edad exacta de su amigo guatemalteco, pero debe de andar por los sesenta. En el último mensaje de correo electrónico, le decía que había enfermado, pero no estaba seguro que fuera por el maldito bicho. Desde entonces, nada, ningún mensaje. Sus amigas médicas le habían dado de todo, ventajas de haber trabajado con ONG del ámbito de la salud.

—¿Qué te pasa, cariño? ¡Estás muy lejos!

—No sé nada de Gio. Me temo lo peor, Pol. No sé qué hacer.

—A lo mejor se ha quedado sin Internet. —¡Pol, optimista, qué raro!

Laura se sumerge en sus recuerdos de hace ya treinta años, cuando trabajaba en Guatemala con Médicos sin Fronteras. Estaba en una zona rural del altiplano, Todos Santos Cuchumatán, un lugar bellísimo, con una gente maravillosa y con muchas necesidades. Trescientos kilómetros cuadrados entre 1500 y 3500 metros de altitud, con una población de unas treinta mil personas, sin ningún médico. Solo cuatro coches, carros, como ellos decían. Gio trabajada en la capital como administrador y logista. Hacía de todo, desde llevar las cuentas hasta el mantenimiento de los vehículos de los diferentes programas. Era muy bueno en su trabajo, muy estricto con todo, muy exigente, muy profesional. Conducía como un loco, eso sí, pero Laura se sentía segura, a pesar de todo, cuando iba con él.

Recuerdos, recuerdos. Recuerdos de una época muy dura pero muy feliz, cuando tenía la sensación de estar haciendo algo de verdad, algo positivo por los demás. No hacía ni un año que habían estado comentando por correo electrónico el caso de Pedrito, un bebé de casi cuatro meses que solo pesaba dos kilos, un esqueleto viviente, en cuyos ojos se leía el pánico. Laura no había visto nunca algo así ni lo volvería a ver. La madre de Pedrito se había puesto enferma al nacer el bebé y no tenía leche. El padre y los hermanos lo habían alimentado con agua y azúcar, hasta que apareció en el control de niños malnutridos. La familia no quería ni oír hablar del hospital. «Allí la gente se muere», decían. Laura actuó lo más rápidamente que pudo: telegrama a la capital pidiendo leche en polvo con la máxima urgencia. Al día siguiente, tenía la leche allí. Gio se la subió, después de conducir más de seis horas. Pedrito salió adelante. Laura todavía recuerda su primera sonrisa.

Escribe otro mensaje, a ver si esta vez hay respuesta. ¿Qué hora es allí? Es de noche, habrá que esperar. «Tengo que traducir un poco», piensa. ¡A trabajar! Pasa la mañana y una parte de la tarde. De repente, clic, salta un mensaje, ¡es de Gio! Está bien, lo ha pasado muy mal, pero ya se encuentra mucho mejor, aunque muy cansado y triste. Le cuenta que muere mucha gente por allí y las noticias no son fiables, la gente tiene mucho miedo, ya no caben más enfermos en los hospitales y falta material, medicamentos, oxígeno…

Hay un error en el texto. Bueno, uno voluntario, quizá haya más, involuntarios. ¿Te apetece buscarlo? Dentro de unas semanas, la solución, con su comentario.

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