Tórtola y rapaz (busca el error)

Laura observaba a unos pajaritos en el patio, comiéndose las semillas que había puesto en los pequeños comederos. En aquel momento, había una pareja de pinzones, un mirlo y un descarado petirrojo. Prefería los animales salvajes a los domésticos, así que no tenía perro ni gato. Aquella mañana de invierno era muy fría, ocho grados bajo cero al amanecer. Hacía semanas que la mayoría de árboles habían perdido las hojas y las aves migratorias se habían marchado, aunque no todas, seguramente a causa del aumento de las temperaturas.

—¡Mira, Pol, el petirrojo quiere todas las semillas para él solo! ¡No deja que se acerquen los demás!

—¡Con lo pequeñajo que es, el bandido!

Pol estaba muy ocupado aquella mañana, así que decidió salir a caminar sola. Aquel año, se había propuesto reconciliarse con el invierno, una estación que no le gustaba nada, pero seguro que tenía su parte bonita, agradable. Los árboles no tienen hojas, sí, pero justamente por eso se ven mejor los pájaros, aunque haya menos especies debido a la ausencia de los migratorios. Desde que sus amigos, los ornitofrikis, les contaban cosas sobre las aves, se habían aficionado un poco e intentaban identificarlas, cuando las veían en sus caminatas.

Laura salió, bien abrigada y con los prismáticos. No tardó en cruzar el río y tomar un camino en ascenso, que pasaba por una zona de encinas dispersas, matojos y pedregales. Oyó el grito agudo de una rapaz y la buscó en el cielo. La encontró; allí estaba, con su vuelo majestuoso y lento. Unas tórtolas turcas picoteaban alguna cosa en el suelo, pero el grito de la rapaz las asustó y alzaron el vuelo hasta una encina cercana. Laura estaba sumida en sus pensamientos. ¿Pediría por fin un aumento de tarifa a su cliente? Se había quedado muy baja, pero no había manera de subirla. ¿Y si lo perdía? Bueno, ahora tenía un nuevo cliente directo, así que se lo podía permitir. Además, su objetivo era trabajar menos, que ya tenía una edad. A lo mejor aceptaba el aumento. Quien no llora, no mama.

Llegó al puente sobre la carretera y se quedó un rato contemplando el trajín de los coches y los camiones. Aquel era el punto final de su paseo, a una hora de su casa. Allí daría la vuelta, caminaría una hora de regreso y así llegaría a las dos horas de ejercicio del día. Un ciclista inidentificable detrás de la ropa de abrigo la saludó. Le devolvió el saludo. Era la primera persona con la que se cruzaba; hacía mucho frío y poca gente salía a pasear. De regreso, contempló las montañas nevadas que se vislumbraban por el norte. ¡El invierno es bello también!, pensó.

La rapaz seguía en el mismo lugar, esta vez en silencio. Daba vueltas por el aire. La contempló un momento con los prismáticos, pensando que tenía que aprender más cosas sobre las rapaces, para poder llamarlas por su nombre. Estaba de nuevo sumida en sus disquisiciones sobre si le subía o no la tarifa a su cliente cuando le pareció que una piedra grande caía del cielo. ¡Caramba! Cuál no fue su sorpresa cuando la piedra, casi al llegar al suelo, remontó el vuelo, esta vez cargada con una tórtola turca despistada. ¡Vaya! La rapaz había conseguido su almuerzo. Se elevaba pesadamente con su presa bien sujeta.

Nunca había visto algo como aquello de verdad, solo en la tele, y la impresión fue fuerte. Pensó en la tórtola; su vida había terminado de repente, sin ni siquiera ver el final. La muerte le llegó del cielo, como una pedrada, fulminante. Pensó también en la rapaz; tenía que comer para vivir, claro, esa era su lucha, como la de todos. Pasó todo el resto del camino meditabunda.

—Soy una tórtola —le dijo a Pol cuando llegó a casa—, voy a pedirle un aumento de tarifa a mi rapaz y, si no acepta, me voy volando.

Pol la miró, un tanto asustado. Estuvo a punto de preguntarle qué quería decir, pero cambió de idea.

—El alpiste está listo, querida tortolita —le dijo—, espero que te guste.

Hay un error en el texto. Bueno, uno voluntario, quizá haya más, involuntarios. ¿Te apetece buscarlo? Dentro de unas semanas, la solución, con su comentario.

No es correcto dejarse el artículo en las construcciones partitivas como la «mayoría de», «la mitad de», «una parte de», «el X % de» y otras en las que estamos hablando de una parte de un conjunto. Como explica muy bien la Fondéu, hay que poner el artículo. Por lo tanto, en nuestra frase, lo correcto sería «la mayoría de los árboles». Otro aspecto que debemos tener en cuenta es la concordancia con el verbo de la oración, que puede hacerse tanto en singular como en plural. Por lo tanto, tan correcto es «la mayoría de los árboles habían perdido las hojas» como «la mayoría de los árboles había perdido las hojas».

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