Un paseo por el campo (busca el error)

—Me voy a tener que cambiar de dioses, los del Olimpo no funcionan —dice Laura, triste.

—¿De qué hablas? —le pregunta Pol.

—Hace un año y medio que ninguna editorial me encarga un libro para traducir. Me gusta traducir libros, los echo de menos.

Lo dice mientras teclea, teclea y teclea un texto de medicina, sobre la COVID-19. Lleva unos días triste, por la pandemia, por la gente que sufre, por las personas inconscientes, por las colegas que no tienen trabajo o tienen muy poco, por los bonitos lugares del mundo a los que no puede ir. No quiere manifestar su tristeza, para no pegársela a las personas que tiene alrededor, sobre todo a Pol, al que le afecta mucho verla mal.

Cuando termina la traducción, Pol no está, ha ido a dar una vuelta en bici. Laura decide salir a dar un paseo. Es relativamente temprano y no hace demasiado calor todavía. Intentará encontrar un poco de alegría y optimismo en la naturaleza. Se propone caminar las dos horas de rigor sin pensar en nada, solo escuchando los latidos de su corazón, su respiración, el canto de los pájaros, el viento, el ruido lejano de un tractor, de un coche…, observando los árboles, las piedras, las mariposas, otros insectos, quizá un conejito, las aves…, sintiendo el sol y el aire en la piel, el calor, el sudor…, oliendo el aroma de las flores, del trigo recién cosechado, del humo del tractor…

Al principio, su cabrona e insistente mente, no para quieta, la agobia con pensamientos de todo tipo. Poco a poco, consigue centrarse en lo que se ha propuesto: solo observar, sentir, escuchar y oler. Cuando le surge un pensamiento, lo observa, le da las gracias y lo deja marchar. Después, vuelve a lo suyo, escuchar, observar, oler y sentir.

Cuando regresa a casa, Pol está haciendo la comida. La ve llegar sonriente y sonríe también.

—¿Por fin han funcionado los dioses del Olimpo? —dice Pol—. ¿Te han encargado un libro?

—No, pero da igual, ya llegará. Y, si no llega tampoco importa. A lo mejor escribo uno.

—¡Vaya! ¿Y sobre qué?

—Pues no sé, tampoco importa —dice Laura, alegre.

Pol la mira extrañado. Seguro que piensa algo así como que las mujeres son un misterio. ¡Esos hombres!

Hay un error en el texto. Bueno, uno voluntario, quizá haya más, involuntarios. ¿Te apetece buscarlo? Dentro de unas semanas, la solución, con su comentario.

La llaman la coma asesina o criminal y es un error. Nunca hay que colocar una coma entre el sujeto y el verbo ni entre el verbo y el objeto directo. Por lo tanto, habría tenido que escribir: «Al principio, su cabrona e insistente mente no para quieta…», sin la coma entre «mente» y «no». Hay una excepción: cuando el sujeto es una enumeración que termina con un etc. Nos lo cuenta muy bien la Fondéu en este artículo.

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